lunes, abril 17, 2006

Lo despierta una bofetada. Aún siente el pulsar enloquecido de su sangre, la presión sobre su cerebro, la acidez en su estomago. –Maldito drogadicto, a terminar su trabajo- dice, entre dientes, el señor ?. El levantarse le cuesta mucho trabajo. El mantenerse de pie lo arroja al torrente de su sangre, al peso metalizado de sus órganos. Como si estuviera bajo la presión de varias atmósferas. Se dirige, torpe, al dispositivo portátil que tenia preparado para el control remoto del sistema, lo toma, se lo echa a la espalda y se dirige a la puerta. - No pensara ir solo, cierto?- dijo la voz del señor Ð. Abre la puerta, hip hop retumbando en las paredes, humo de marihuana que hace extrañas circunvoluciones a su paso, como las de un tunel de viento, arrastra su pesada humanidad por el pasillo en penumbras que se extiende frente a él, baja dolorosamente las escaleras y sale al frío de la madrugada.

El Eje es el nombre que los residentes en Bogota le han dado a la zona metropolitana que se extiende desde las fronteras del Páramo de Sumapáz hasta pocos kilómetros del municipio de Chocontá. Y desde los cerros orientales al municipio de Facatativa, algo así como diez mil kilómetros cuadrados de trafico de órganos, software, armas y drogas. Es posible conseguir desde un virus militar chino hasta una mina Claymore o un par de corneas. Si no se conoce el pulsar de la ciudad, es muy posible desaparecer sin dejar mas rastro que un corazón, un riñón o un hígado viviendo en el cuerpo de un drogadicto holandés o un aristócrata haitiano.

Image hosting by Photobucket

Neuromancer comic book, Tom de Javen & Bruce Jensen
Æ sale al frío de la madrugada con el fin de buscar una cabina telefónica para efectuar la intrusión en regla al sistema. Pero no siente tal gelidéz. Sus sensaciones son una mezcla de pesadez, lentitud, náusea. En todo caso son mejores que sus sensaciones emocionales: la sensación de irrealidad que suele invadir a los consumidores de estimulantes, un roñoso choque por la sangre que salpica su ropa, la angustia del síndrome de abstinencia. Anda errático por una zona desconocida de la ciudad. Parece que nadie lo ha seguido, sin embargo, siente una aguda paranoia, enfermiza como su estado de ánimo. Las miradas de los transeúntes expresan algo del incisivo autoaborrecimiento que esta empezando a florecer en su interior.

Image hosting by Photobucket

The atomic proyect, 1957

Publicar un comentario