jueves, mayo 18, 2006

23

Desperté un poco al escuchar una letanía proveniente de la mezquita. Volví a quedar dormido sumiéndome en ctónicos susurros, el aroma a sangre, el sabor a sal. Soñé con nombres muertos, arquetípicas construcciones en ruinas al borde de abismos, pervertidas ciudades en el centro de inmensos cráteres, poblada de gente con cicatrices y tatuajes tribales en sus rostros. Cosas que los que nos drogamos solemos ver en nuestra mente. O en bares de Tokio. Cosas de tóxicos y religión.

Cuando finalmente desperté tenia la cabeza confusa, un montón de recuerdos vagos se arremolinaban y se agitaban. Murmuraba fragmentos de sueños y me dolía todo el cuerpo, un poco de nausea me revolvía el estomago pero soy incapaz de vomitar, esa membrana que me pusieron en una clínica coreana evita que vomite cada vez que me emborracho, pero ni siquiera deja hacerlo cuando realmente deseo hacerlo. Es posible que en un par de horas este deprimido, cosa que aborrezco del éxtasis. Ya entiendo como alguien puede comerse tres o cuatro en una noche. Se me ocurre una analogía: un avión japonés de la segunda guerra despega suavemente de la pista del portaaviones Hirohito, asciende suave y brevemente para luego venirse a pique y volverse mierda contra el puente de un destructor gringo. El que se come cinco éxtasis solo quiere mantener el avión planeando sobre el Pacifico, así, tranquilamente, a sabiendas de que va a terminar vuelto una mierda.

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Beatifica Blues

El sol, entonces, calentaba mi cuarto. No tenía nada de coca para levantarme, solo incineraba cigarrillos arrojado en la cama y miraba la TV. Como una suerte de gato de Schrödinger. A decir verdad ni siquiera quería fumar, ni siquiera quería ver el asqueroso documental sobre la reproducción de la mantis religiosa.

Al finalizar la tarde me sentí un poco mal... mas bien bastante peor, entonces llamé al servicio médico para averiguar donde había un centro de atención. Es una de las cosas más absurdas de la cultura occidental: llamar a un teléfono donde contesta una estúpida maquinita que ni siquiera tiene la personalidad de un microondas “Marque cero para empezar”, “Marque uno para emergencias, dos para servicios médicos, tres para...” Pulso la puta tecla y la maquinita me da otras cuatro opciones. Ya, con menos interés, pulso otra tecla. Me da otras cinco opciones. Es cuando empiezo a blasfemar en voz baja, porque después de pulsar otra tecla, la maquina dice que las operadoras están muy ocupadas y que debo esperar en la línea. Y me contesta una tarada que no sabe de qué mierda hablo y que me comunica con la operadora, la cual me rebota la llamada a otra dependencia. Y yo, aunque soy un tipo civilizado y con modales, suelto una blasfemia que haría estremecer a un ateo y despedazo el teléfono contra la pared. Y nadie me dio una puta razón de nada. Menos la tarde de un sábado.

Así que me tocó quedarme en casa, con mi novia fastidiada porque no quería fornicar con ella, con unas inmensas ganas de vomitar y sin la menor intención de moverme.

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Planetary No. 7
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