viernes, mayo 26, 2006

23 (II)

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Automatic Kafka, Joe Casey & Ash Wood

Volvimos a discutir cuando atardecía. Mi novia quería que lo viéramos, el atardecer, y yo estaba mirando una peli de Charles Bronson. Bueno, ella peleaba, yo intentaba ver la película, entonces arrojé un cenicero que se despedazó contra la pared, cerca de donde ella estaba parada. Se quedó pasmada. Y mientras sucedía una masacre en la televisión, me quedé dormido, y cuando desperté, a medianoche, se había largado. Una nota en la mesa decía que terminábamos. Me puse de pie, ya normalizado el metabolismo, me lavé la cara y las axilas, me puse un pantalón de cuero manchado de barro y algo que parecía ser sangre que encontré bajo la cama, unas pesadas botas y una camiseta Lacoste azul, sin mangas, agujereada. Me fumé un ultimo cigarro, claro, si uno se llega a fumar un ultimo cigarro alguna vez, y salí a la calle. Instantáneamente me arrepentí de no haber sacado una chaqueta. Me estoy buscando una bronconeumonía.

Rodé un poco entre la Caracas y la séptima, entre la 19 y la 26 antes de encontrar a un puto dealer. En esta zona abundan, como en toda la ciudad, pero casi no encuentro a uno. Adicionalmente me ofreció los servicios de todo un séquito de damiselas, cinco servicios por diez dólares. Pero no suelo gastarme en putas lo que podía gastarme en aguardiente y cocaína. Compré un par de bolsas, media botella de aguardiente, un paquete de Marlboro nacional y finalmente me lleve a una puta, blanca, muy flaca, pero con unas bonitas teticas. Me gustaban sus ojos, de un azul tristísimo, el tipo de persona que uno se imagina que siempre esta sufriendo por algo. Además le gustaba el Parliament. No hicimos nada. El maldito me vendió una coca muy mala, mucho bicarbonato, lactosa y sacarosa. Con un poco de agua y levadura el cabrón podría haberme vendido masa para pan. Voy a sacarle los ojos.

Lo encontré al lado de un holograma defectuoso que promocionaba sensores auditivos subcutáneos, ideales en un sistema de estimulación simulada. El cabrón estaba manoseando a una de las putitas, a la cual tenía arrinconada contra la pared de un contenedor naranja convertido en una compraventa de hardware. Esperé, observando desde media cuadra, y, no se porque, algún impulso adrenalínico, caminé directo a él, mirando al piso. En el preciso momento en que pasaba un tanque con liquido criogénico de Avalon Neogenics, me abalancé sobre él, lo agarré del cuello con mi mano izquierda mientras le golpeaba el rostro con una grapadora de aire comprimido. La putita gritaba detrás mío, y el grito me excitaba, y ella no paraba y yo tampoco y, cuando me di cuenta, yo golpeaba hueso sanguinolento. El cabrón a duras penas respiraba, pero no se quejaba y yo, de alguna forma, solo pensaba en lo atiborrado que tenia que estar de sedantes. Después me aclaré, mierdamierdamierdamierdamierda, me puse de pie y me di cuenta que llevaba arrodillado un largo tiempo. Volteé a mirar a la putita, que me miraba con ojos lacrimosos, y el pánico me corroía y le puse la grapadora en la frente y pulsé. Un perno de diez centímetros le atravesó la cabeza.

El destino nos da dos opciones: en la primera solemos cagarla hasta el fondo, cosa que procuramos reivindicar en la segunda, aun cuando terminemos arrepentidos de hacerlo.

Lo digo porque claro, eso paso en mi imaginación. Que creen, que soy un puto loco? Que pertenezco a esa iglesia que le dio status de profeta a Campoelías Delgado y que cada que pueden hacen una puta matanza para “homenajearlo”? Lo que realmente pasó fue que me acerqué al dealer, el escenario, sin embargo, era igual, le reclamé y el tipo, en medio de bromas al respecto, me invitó un trago de brandy de una tibia botella metálica que llevaba entre un calcetín de fútbol. Muy confianzudo, me invita a que departamos unas copas con unas “amigas”. De nuevo al envolvente hilo monomolecular de carbono de la autodestrucción.

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"Hooked!" (1966) Comic book sobre el abuso de heroína distribuido en las clínicas de metadona de NYC
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