viernes, febrero 03, 2006

Las mandíbulas metálicas del encendedor se cierran bruscamente mientras Æ aspira una bocanada de humo de un Lucky Strike. Mira sesgadamente el reflejo color plata en las nubes que cubrían al Eje. Una densa nube de monóxido de carbono envuelve la zona industrial de la ciudad, y los noticiarios anuncian fuertes lluvias ácidas para las horas de la tarde. Piensa en sacar su mascara antigás ya que prometía que el smog iba a estar mas cerrado que de costumbre, pero finalmente decide subirse el cuello de su chaqueta panameña de polipropileno color amarillo y usar sus lentes oscuros Prada. Baja los derruidos peldaños del hotel donde se aloja, pasa por la recepción que le recuerda el muy marcado mal gusto de estos “indios caribeños”, como había escuchado un día en CNN a un exagente de la CIA que había sido condenado a muerte en Nicaragua.

Una pertinaz llovizna cae sobre el Eje, trayéndole el olor de los chorizos fritos y krill que vende un viejo coreano de anteojos redondeados y pelo canoso en un puesto callejero. La calle esta bastante concurrida y la mayoría, extranjeros de todas las extracciones sociales, ojean las vitrinas enrejadas de las tiendas de los inmigrantes árabes que habían llegado hace un siglo al país. Es raro escuchar español en estas zonas de la ciudad, a menos que provenga de Ecuatorianos de vistosos colores o de prostitutas Puertorriqueñas.

Se dirige, con el desenvolvimiento que da la rutina, a un bar al frente de un lujoso centro comercial. Se sienta en la barra y pide un trago de tequila mientras enciende un cigarrillo de su estuche de cuero de cabrito. El drum n´bass de Ec80r hace vibrar la barra; y mientras toma una metanfetamina una pareja de hermosas jóvenes se besa en el centro de la pista, en medio de un vortex de frenética energía adolescente generada por un grupo de punks agitados por la música.

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Después de sonar el segundo corte de un viejo disco de Birmingham 6 llega la persona que espera. Un africano altísimo y delgado con aspecto de yonqui, vestido con una larga chaqueta de cuero y pantalones color naranja, de muchos bolsillos, con el que usaría un obrero, lo mira desde detrás de sus lentes de diseño, y se le acerca con cautela. El aspecto de Æ es el de un delgado consumidor intensivo de estimulantes, algo habitual en los grupos de neonazis, de suerte que siempre inspira, en el mejor de los casos, cautela en las gentes de color. El africano se sienta junto a él y pide un martini mientras mira a la pareja de jóvenes. Æ le ofrece cigarrillos que el africano recibe de buen gusto.

- Varsovia cayó el 27 de septiembre... - susurra el africano, la mirada vacía del crack. Æ lo mira por encima del hombro, una copa de ron suspendida en el aire -¿Cómo dice?

- Mucho gusto, me llamo Ð... usted fue el tipo que destripó el sistema de Philips, cierto?

- Mmm... quien lo dice?- pregunta Æ mirando fijamente al muro donde se reflejan las luces de la discoteca, la cálida y saludable paranoia llenando su conciencia.

- Un muy buen trabajo, muy profesional, pero tal vez es hora de dejar de hacer las cosas por convicción y hacerlas por dinero... dice sonriendo, el brillo de dos incisivos enmarcados en estaño militar. Hay alguien que quiere hablar con usted, me acompaña? – dijo Ð mientras se dirige a la caja a pagar las bebidas.

- Por dinero se la chupo – susurró Æ.


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