jueves, marzo 10, 2016

Last and First Men

¿Cuándo y cómo alcanzaremos las condiciones que puedan desencadenar la nueva caída de la civilización? Quisiera ser optimista y pensar que todo irá a mejor y que el progreso y las expectativas de vida se extenderán a lo largo y ancho del mundo, que alcanzaremos las estrellas y en pocos siglos seremos una civilización tipo II (O III). Después de leer esta entrada a menudo me preguntaba si la civilización volvería a colapsar a nivel preindustrial: no un apocalipsis bíblico, tan popular en el cine, sino algo más ligero: una nueva caída del Imperio Romano. Pensaba que, por cuenta de las redes de comunicaciones, la relativa globalización del conocimiento y de la presencia de alguna universidad o biblioteca en todos los países del mundo, rápidamente recuperaríamos el nivel de la actual civilización. Optimista. Después, leí a Olaf Stapledon.

Stapledon publicó su primera novela, Last and First Men, en 1930: antes de internet, la carrera espacial, la Guerra Fría y la Segunda Guerra mundial. Antes, incluso, que Szilárd desarrollara el concepto de reacción en cadena. Mediten sobre eso: antes de que supiéramos un montón de cosas que ahora sabemos. Como parte de la unidad de ambulancias Británicas vio en persona los horrores de los campos de batalla franceses y belgas durante la Primera Guerra Mundial. Tal vez en Somme o en Verdún. Esto es importante porque, en Last and First Men, a menudo las civilizaciones desaparecían por cuenta de la guerra química y biológica –extraña encontrar que la guerra nuclear no es el factor de extinción de la humanidad. Sin embargo las pestes, la guerra y los fenómenos geológicos y astronómicos no conseguían liquidarnos  y de los remanentes de la civilización anterior surgía, eones después, una nueva humanidad. A menudo, sin conciencia de su origen. Y así durante los próximos 2.000 millones de años, hasta que agotamos las morfologías probables: voladores, nadadores – recordé el Galápagos de Kurt Vonnegut, escrita 55 años después- macrocefálicos, gigantes, pigmeos y, en varias ocasiones, lanzados a los abismos del espacio.

Claro. Ahora sabemos que, en sólo 800 millones de años toda la vida multicelular de la tierra desaparecerá. Pero aún no nos preocupemos.

El libro sigue una línea cronológica desde el apogeo y la decadencia de la primera humanidad – la cual seriamos nosotros- hasta la decimoctava humanidad. Y a lo largo del libro comete imprecisiones producto, justamente, de todo lo que no se sabía en su época: la evolución de nuestra estrella, la atmosfera de Venus, el efecto invernadero producto de la quema de combustibles fósiles. Culpa mía, esperar rigurosidad científica en un género que se publicaba en revistas pulp. O el vivir en una época en la que, hasta la ficción cinematográfica taquillera procura respetar las leyes de la física.

Pero, no por nada, Arthur C. Clarke y Stanislaw Lem fueron influenciados por este libro. Porque hace preguntarse por el futuro; no este futuro de Iphones y descubrimiento de ondas gravitatorias, sino todo el tiempo que trascurrirá desde nuestra muerte hasta que el  sol se trague a la tierra, o el universo colapse en una nueva singularidad y alcance el punto máximo de entropía. El futuro inconmensurable.

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